Me estoy despertando.
Me siento agotado y sin embargo eufórico.
Mi cerebro se está deshaciendo de la nebulosa de la fiesta, de la música hipnótica, de las sensaciones intensas y del veneno on the rocks.
Mis ojos se niegan a abrirse y renunciar a la hedonista sensación de una noche infinita. De las caricias nuevas, de respirar besos, de disfrutar del placer ajeno.
Me niego a dejar de saborear el rescoldo de las sensaciones vividas a su máxima intensidad.
No puedo continuar en la mentira.
Debo rendirme a la convulsión de los sentimientos más profundos.
Es la hora de asumir que he caído en la batalla.
Me doy cuenta de que he luchado por no sobrevivir y que mi único esfuerzo fue abrir mis brazos de par en par para dejarte camino franco a mi corazón.
Ahora que me lo has arrancado y está en tu poder, descanso sabiendo que está: custodiado, mimado, protegido, suave y calmado.
Ahora ya puedo abrir los ojos y sentir la luz que baña nuestras espaldas.
Atónito, me paraliza la belleza inapelable de una cabellera leónida dejando resbalar sus tirabuzones rubios suavemente sobre tu espalda desnuda.
El aire que hay entre nosotros me guía en el recorrido en forma de guitarra esculpida desde tus hombros a tus caderas.
Ganaste también el combate por la sábana que apenas envuelve tus rodillas y cuyo único fin es realzarte como una cala nupcial.
La duda me sobrecoje ¿será un sueño? Imposible. Jamás llegué a soñar el poder estar a la altura de una mujer así. Es tan real como mi mano trémula que vela tu sueño y ensaya tu figura incapaz de asimliar la candidez del momento.
Me diluyo en la contemplación única de la belleza que nunca podrá alcanzar el pintor más hábil, ni congelar la fotografía más precisa.
Y esa deliciosa imagen es la que mi corazón contempla cada mañana despertando a tu lado susurrando “Mi guitarra”.