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No permitas que los bolardos te impidan ver el bosque

La política está infantilizada, perdón, ya bastante desgracia tiene esta difamada actividad por sus representantes como para encima cargarle más adjetivos negativos. Quizás sea más apropiado decir que los políticos parecen vivir en un perpetuo jardín de infancia, de ahí que se expresen como parvulitos, se comporten como atolondrados bebés o que sus ideas no lleguen a pasar de la complejidad del insulto directo.

Tras el atropello terrorista de Las Ramblas de Barcelona, los políticos, se lanzan los bolardos a la cabeza como si ahí residiera la causa y la solución del mal. A veces pienso que lo de lanzarse elementos contundentes a la cabeza podría ser la solución a la situación política, pero a renglón seguido me doy cuenta de que no se lastimarían ninguna parte vital. Una comida en mal estado que afectara a la horda de estómagos agradecidos que pueblan las instituciones serían mil veces más efectiva.

He llegado pensar que el hecho de que Chuck Norris sobreviviera a dos ataques cardíacos (hasta este momento) sea por haberse rodeado de bolardos. Qué sustituyan los porteros de fútbol por bolardos. Pon un bolardo a la puerta de tu casa y tu suegra no aparecerá. Seguro que Urdangarín ha puesto un bolardo en la puerta de la cárcel para que en el hipotético caso de recibir una condena, no pueda entrar en presidio por bolardo de causa mayor. Rajoy no pronuncia bien porque tiene un bolardo en la punta de la lengua.

Una masacre puede ser realizada con o sin bolardos. No voy a dar ideas, pero a cualquiera se le pueden ocurrir formas de sortearlos, de realizar otro tipo de esabechinas, o directamente hacerlas en sitios menos protegidos. Los bolardos lo único que impiden es que se vean los hechos con claridad.

Parece que hay lerdos que todo lo arreglan con bolardos, bolardos que impiden acceder al conocimiento, a la razón. Bolardos a la entrada de bibliotecas y del sentido común. Bolardos que impidan que la tolerancia circule. Bolardos para fomentar el negocio del odio. Bolardos para fomentar el miedo y regalar la libertad a nuestros tiranos que siempre nos recordarán que nuestras desgracias no son responsabilidad suya, sino fruto de nuestra falta de miedo y de odio. Y mientras los voceros de la intolerancia medran en los áticos de la opulencia, nosotros y ellos morimos a pesar de nuestro odio divino y nuestro miedo salvador.

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